martes, 2 de septiembre de 2008

SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS...


Hace 24 años cuando fui por primera vez, París era una ciudad para enamorados. Hoy es una gran ciudad, meca de paquetes vacacionales de los touroperadores, donde los turistas trotan de aquí para allá, exhaustos y estresados por las colas inmensas que hay que hacer en agosto para poder visitar cualquier icono de la ciudad.

Dejando aparte que es un santuario del arte, de las compras, de las tiendas curiosas y de una monumentalidad suntuosa y elegante que la hace diferente a cualquier otra ciudad del mundo, ya no es aquel París. Sigue siendo una ciudad muy hermosa, tiene rincones inigualables por el Marais, las orillas del Sena, l’ille de Saint-Louis, Saint-Germain-des-Près o Montmatre, pero ahora, no siempre huelen bien. Hay algo de dejadez y padece la enfermedad que toda gran ciudad así sufre cuando quiere vivir de la bicoca del turismo: se muere de éxito. Algo que le está pasando, penosamente ya, a Barcelona.



Me sorprendió lo bonito y fresco que pasan el verano. Nadie se baña en el Sena, no sea que le salgan flores en la piel, pero el río sirve de playa. Es un buen montaje del ayuntamiento. Orillas céntricas del Sena con parasoles y diferentes texturas en el suelo: arena, madera, césped, lona o piedra sirven para que los parisinos y visitantes se tumben al sol en bañador y unas duchas micronizadas ayudan a aliviar los calores de mayores y pequeños. Reconozco que me lo pasé en grande debajo de esa lluvia fina aliviando el calor que se me había puesto en la cocorota tras horitas caminando al sol. Porque eso sí, París es el mejor gimnasio al aire libre, caminas y caminas sin parar, kilómetros y kilómetros, todo coge lejos.


También he podido disfrutar a horas tempranas, con poquita gente en las calles, de dar una vuelta por esos bellos rincones, esos pasajes que hay medio escondidos y de desayunar tirada en la hierba del Jardín de Luxemburgo en el barrio latino. Pocas cosas tan sencillas y baratas dan placeres de tanta altura. Me encantaría volver de nuevo. En breve tiempo. Tal vez en otoño, coincidiendo con un concierto de Buika, el que, lamentablemente, me perdí en Barcelona. Sería una experiencia superlativa y de ilusión también vive el hombre y la mujer ;))

Este viaje era el cuarto y, por tanto, no se trataba de ir de tourefieles ni notredames. Por eso os pedí ayuda en el blog para que me suministraseis información de tiendas, restaurantes o templos del menaje para hacerles un asalto en toda regla. Llevaba tiempo ahorrando para ello. Os estoy muy agradecida
Audaciosus, Begoña y Elenalo por vuestras recomendaciones. Siguiéndolas y añadiendo unas cuantas más que tenía yo, he pasado dos días disfrutando de lo lindo en busca del ingrediente curioso, del artilugio de cocina perdido o simplemente del placer de degustar un fallafel rico de verdad y de reírme a gusto con un dependiente chistoso, sorprendido de que en Barcelona no hubiese visto nunca un pasapurés de 80 cm. de diámetro ;)) También hay que mencionar que en una gran ciudad, como Barcelona o Madrid, se encuentra casi de todo, pero como por aquí, todavía no hay tanta cultura gastronómica, la gente no llena las tiendas especializadas como sucede en París. Allí un colorante para pastelería se vende en raciones, aquí se vende a kilos, es la diferencia.



Hay más cosas de París que son un deleite: las librerías. París tiene unas librerías inmensas, inmensísimas. Da gusto ver las estanterías dedicadas a los asuntos culinarios, dan para tardes enteras. El tiempo pasa rápido mirando libros y hay que elegir, deshojar la margarita, este sí, este no, este es una ganga, no encontraré otro igual, qué bien, qué ilu, buscaba algo así hacía tiempo, qué recetas más originales… Y así, pensamiento tras pensamiento, alguna hora después, sucede lo inevitable: la ruina. 42 libritos más para casa entre el jefe y yo. La próxima mudanza promete.

Tras vuestras recomendaciones, tenía mucha ilusión en traeros mil fotos explicándolo todo, pero mi vieja máquina empezó a darme problemas con la batería y me dejó tirada el día de más compreteo. Por otro lado, en la mayoría de establecimientos (pedía permiso) está prohibido hacer fotos, por lo menos de planos cortos. No se oponen a una vista general, pero plano corto nada de nada. Como comprenderéis, en una tienda de productos o artilugios, hacer fotos de lo modernos que son el mobiliario y los dependientes pues como que no. Y opté por hacerlas a escondidillas con el riesgo que tiene eso para una paparazzi de mi categoría. El resultado ha sido pésimo: fotos movidas, planos desenfocados y no identificar si era un cazo o un gorro de chef.

Os pongo alguna fotillo de esos establecimientos y la impresión que me llevé del lugar y si he probado los productos qué opinión tengo sobre ellos. Evidentemente es mi opinión y no siempre tenemos un buen día o nos cae el mejor dependiente del mundo. Seguro que alguno que lea esto diferirá de mi criterio, pero así lo ví y así lo cuento.

Compras del 1er día en París y por orden de visita. Están las cinco por el mismo barrio. Metro Les Halles.


La Bovida
Hay de todo, pero no me gustó. Tuvimos un dependiente colgado de las orejas todo el tiempo; como premio no me gasté ni un duro, por pelmas y desconfiados. Y eso que ese día nos habíamos lavado ;))

Mora
El paraíso. Una tienda exquisita con una encargada encantadora que chapurreando español me enseñó cada rincón. Es un lugar muy especializado en pastelería y repostería. Tienen de todo, hasta lo inimaginable. Y una librería profesional que quita el hipo. Un gozo y un peligro. Arrugas la VISA sin enterarte. Fotito de los caprichos.



A. Simon
Una tienda bonita y elegante, en la que el cliente, desde que entra, parece invisible. No sé si es un defecto o una virtud, dependerá del dependiente que te toque en sorteo ;)). Me dio la impresión que todo aquello ya lo había visto en comercios tipo Riera en Barcelona. No compré nada.

G. Detou
Otro lugar excepcional. Un establecimiento pequeño y muy antiguo. Dependientes especializados y bien informados, además de muy simpáticos y con ganas de vender. Tienen todo tipo de coberturas y de productos para pastelería y repostería. Pero sucede igual que en algún comercio especializado de Barcelona, Solé Graells, que los envases son muy grandes y para un amateur son cantidades excesivas de la mayoría de productos. La tienda, en sí, muy recomendable y con excelentes marcas. Compré cuatro cositas y unos plátanos enteros desecados que ni os cuento cómo sabían.


Dehillerin
Fantástico lugar donde se encuentra de todo para la cocina, tanto para el profesional como el amateur. Una gozada auténtica. Tiene dos dependientes, uno oriental y otro francés, peculiares y muy simpáticos. Ellos son la tienda. Son capaces de ponerse por gorro un recipiente para charlottes y por espada un cucharón de metro y medio. De verdad, que geniales. Una tienda muy especial. Fijaros, en la foto, en la altura del molinillo de pimienta, 1,40 m. y en la otra las tonterietas que compré. Me regalaron el cuchillito para acanalar verduras.




Angelina. 226 rue de Rivoli
Por la tarde fuimos al salón de té Angelina. A probar el famoso chocolate a la taza y el pastelito tópico/típico, el Mont Blanc. Angelina, como otros lugares emblemáticos, está atestado de gente. El servicio no da abasto y se acaban las existencias con rapidez. El pastel estaba bueno, aunque para mi gusto el merengue demasiado dulce. El chocolate a la taza regular y la jarra, vasos y cubiertos, desgastados e impropios de un lugar así, al precio que lo cobran.


Desayuno del 3er día y compras

Ladurée
En el establecimiento que tienen en Champs Elysées. Cola para desayunar a las 10 de la mañana. Es increíble, hay gente de todas las nacionalidades, aquello es la ONU. Son pelín antipáticos. No dejan hacer fotos y, de nuevo, el chocolate a la taza no merece lo que te hacen pagar. La pasta de canela y chocolate sí que estaba muy rica. El menaje muy desgastado y poco pulcro. Precio excesivo.






Mariage Freres
Una tienda especializada en tés, a la vez que restaurante y cafetería, donde el té es el protagonista. La tienda es preciosa, cientos de botes de tés procedentes de las plantaciones más remotas y prestigiosas del mundo. Reacios a las fotos, robé unas cuantas, sin éxito. Compre un té desteinado a la bergamota (mi preferido) y también un té blanco, al que llaman el caviar de los tés. Es delicioso, pero un atraco.




Panaderías Kayser
Buen pan y buen olor en el barrio. Compré un pan integral en barra y me pareció superlativo. De masa apretada y algo ácida. Estaba triunfal con un Camembert que habíamos traído de Normandía.

Jean-Paul Hévin
Estuvimos en su tienda de Saint-Honoré. Leí en una web de un gourmet francés que sus macarones eran los más deliciosos de Francia. Bueno, eso es decir mucho, pero sí que sorprende cuando ves en su escaparate esos macarrones desteñidos, casi sin colorantes, y de un color marronuzco. A mí me gustaron mucho, pero parecen macarones de luto si los comparas con los de Pierre Hermé o Ladurée que parecen macarones a lo Agata Ruíz de la Prada. En todo caso, como poco, son diferentes y muy atípicos en textura, color y sabor.


Compras del último día en París y por orden de visita. Estaba ya muy tocada de las costillas. Mal día para esas compras. La ilusión me mantuvo en pie. Las 3 primeras tiendas en el metro Madelaine, en 50 metros están las 3.

Hediard
La elegancia, la clase y el lujo hechos tienda. Cuando entras, a pesar de ser la tienda que me pareció con más clase de todas y con productos muy exquisitos, sus dependientes son los más accesibles, te dejan hacer fotos, te asesoran y no ponen caras raras al escuchar un pésimo francés. Me encantó. Compré café, ron, confituras y crema de castañas. Hubiera comprado más, pero el último día, la tarjeta de crédito ya daba muestras de agotamiento. Os la recomiendo, no os perdáis ese placer si vais a París.








Fauchon
Mi impresión es glamour y mucha pijería. Estuve en la de Madelaine. Mobiliario modernísimo, dependientes mega snobs con estética gay, más pendientes de salir monos en las fotos que de atender bien al cliente. Los productos son para quitar el hipo. Compré chocolates, confituras y unas barritas de incienso perfumadas de frutos rojos. Todo exquisito, la verdad.



La maison du chocolat
Nunca un chocolate a la taza me supo mejor. Exquisito. Le da mil vueltas al de Ladurée o Angelina. Tienen una dependienta guineana que habla un español perfecto y que, además de amable, aconseja y te enseña a hacer un choco tan rico como el suyo. La pena es que eran muy reticentes a las fotos. Compré chocolates varios y sobre todo para hacer a la taza.




La grand épicerie
No te la acabas. Pertenece a la cadena Le Bon Marché y es como un súper grande del CI, pero a lo bestia. Lo mejor de lo mejor y lo más selecto. Me encantó el apartado de frutos rojos y de especias. Del resto, también tenemos por aquí lugares donde encontrar esos ingredientes. Compré 4 cositas que me costaron un ojo de la cara. De nuevo otro caprichito innecesario.






Poilâne
En una guía de comercios curiosos editada por Taschen encontré esta panadería. Como me caía de camino entre La grand épicerie y Pierre Hermé, me acerqué a ver qué tal era. Olía a pan todo el barrio. Delicioso, la verdad. Arrastrar un pan de 2 kilos por medio París ha valido la pena. A día de hoy todavía quedan rebanadas en perfecto estado, esperando la tostadora y la mantequilla demi-salé que me traje de Bretaña. Compré su mezcla de harina y sal de Guérande para elaborar el pan en casa. ¡Qué los dioses me iluminen!




Pierre Hermé
Tenía cerradas sus tiendas principales y al final dimos con una, cerca de la exclusiva plaza Vêndome. Sólo macarones, algún libro y poco más. Muy buenos. Compré para regalar y para comparar con otros. Me gustaron, aunque el precio abusivo. Muy bonita la decoración de la tienda y el embalaje. Todo muy elegante y con mucha clase, aunque la tienda es muy pequeña.




Lafayette gourmet
He decir que dejé este gran almacén para el último momento y me arrepiento de ello. Tiene una variedad en artículos sin igual. A ultima hora, ya encontraba mal de verdad y al día siguiente salíamos de viaje, con 1000 km. por conducir. No lo anduve con tanto entusiasmo como lo otros sitios y seguro que me perdí cosas. Aquí van unas fotos del apartado de especias. Es una pasada, bandejas y bandejas llenas de mil mezclas diferentes a precios bestiales, por supuesto.




El capítulo de restaurantes no creo que os vaya a interesar mucho. Después de la Bretaña, donde comimos muy bien, yo quedé saturada de pescado a diario y no estoy acostumbrada a ello, preferimos comer en restaurantes vegetarianos o parecidos.

La Victoire Suprême de Coeur se come muy bien, de calidad y muy variado, en un bufete libre y a 20 € el menú. Me sobran las fotos del santón que venera el dueño del restaurante y que a fin de cuentas es un humano que él. Siempre me acaba sobrando eso de los restaurantes vegetarianos franceses; relacionan la comida vegetariana con los gurús. Y no sé qué tendrá que ver, comer verde y sano con estar escuchando continuamente el tostón de los mantras. Si os concentráis sólo en comer, la experiencia estará bien.

L’ebouillante está en uno de esos rincones de París muy bonitos. Al lado del Sena, en una calleja con escalinatas frente a una iglesia. Lugar singular y muy protegido del calor sofocante que hace a veces en esa ciudad. La comida es informal, pero bien elaborada. Ensaladas, tartas saladas o dulces, tés y helados. Precio medio.

L’as du Fallafel, en 34, Rue des Rosiers, . Es un fast food judío muy frecuentado en el barrio del Marais. Está a tope siempre. Yo tomé el plato vegetariano y realmente bueno y muy bien de precio. Recomendable. Por primera vez un falafel no me supo a fritanga. Los camareros son algo chulitos y van todos con la kippa, el tradicional tocado judío. Aspecto que me sobra, igual que me sobran los burkas o los trajes regionales.




Pastelería Korcaz, 29, rue des Rosiers, al lado de l’as du fallafel, no me gustó. Sus dulces están pringadísimos de miel y siropes. Compré un strudel húngaro que estaba bastante asquerosito y un mantecado que tuvimos que tirar por el olor a rancio. Creo que vive de la fama y de salir en guías gourmet. A mí no me pareció nada del otro jueves. Es más, el mismo establecimiento lo comparte con una barra de sushi prefabricado nada apetecible de aspecto. Tal vez no era mi día, pero no me gustó.



Lugares que no visité por estar cerrados en agosto y que quedan en mi lista de pendientes de visita obligada:

La Charlotte de l’isle chocolatería peculiar y de prestigio en l’isle de st. Louis

Helados Berthillon dicen que los mejores helados del mundo. Bueno, no sé, no pude probarlos. También están en l’isle de St. Louis.

Izraël, paraíso de las especias en 30, rue François Miron

Y alguno más que, tras vuestra ayuda y pesquisas propias irá engrosando la lista.

Gracias por todo. Un beso
.

jueves, 28 de agosto de 2008

¡QUÉ GRANDE ES LA TIERRA DE ASTERIX Y OBELIX!


Vaya por delante que hacer vacaciones en agosto me fastidia, pero no tengo otra opción. O es en esta época o ya pocos días son los que puedo ir juntando para hacer viajes que sólo sean placer y no se vean salpicados de obligaciones laborales.


También deciros que hacer de turista no me va, pero en agosto aunque no quieras ser turista lo eres. Moverme entre marañas de gente que sólo buscan hacerse la foto en la Tour Eiffel, la Notre Dame o en el archivisitado Mont Saint-Michel me resulta fastidioso y acaba con mi poca paciencia. Me gusta ser viajera y no turista y esas aglomeraciones no me dejan disfrutar como desearía. Ya tengo la lección aprendida para futuras ocasiones. He huido siempre de esas situaciones y la ignorancia de lo que allí he encontrado es lo que me hizo elegir ese destino. Ahora, tras el viaje, no lo volvería a repetir en la misma época.



Bretaña es un destino estupendo para disfrutar de la naturaleza y de pueblos con historia que, en sí, todos ellos son monumentos. Tienen una arquitectura tan peculiar, que hacen que recorras sus calles no queriéndote perder detalle de esos contrastes que marcan la diferencia del lugar. El lado negativo es lo que os comentaba antes, ir a Bretaña en agosto, a ciudades como Vannes, Carnac (con sus formaciones megalíticas), Quimper, Locronan o Saint-Maló, es como visitar la Sagrada Familia de Barcelona; desfiles, riadas de gente, en este caso con paraguas (de 8 días han llovido 4), entrando y saliendo de las tiendas de baratijas y souvenirs que todo pueblo turístico sucumbe a abrir para explotar las manadas de turistas que visitan el lugar.



Para no recorrer tantos kilómetros a diario en coche, tuvimos 3 bases de operaciones, hoteles en la zona sur, el oeste y el norte de Bretaña, y aun así la panzada de coche ha sido tremenda, pero ha permitido conocer lugares bonitos sin hacer tanta carretera.



En cuanto a cuestiones gastronómicas, lo típico de Bretaña son las crepes y las galettes. Hay bares y restaurantes que sólo tienen eso en su carta. El menú lo componen un primer plato, segundo y postre, todo ellos de crepes de mil colores, sabores y maneras.



Las galettes tienen forma cuadrada y se elaboran con trigo sarraceno, llamado también trigo negro. Las crepes son las redondas, más blanditas, se elaboran con froment (trigo candeal) y se cuecen en la billig, que es el utensilio eléctrico o a gas, en el que, con la ayuda de un rastrillo de madera y de una espátula, hacen unas crepes enormes, finísimas y, en muchos casos, deliciosas. A mí en particular me gustaron más las galettes por la novedad que supone no haberlas probado nunca y por tener una textura más firme que soporta mejor todo tipo de ingredientes. Si están bien hechas, no se deshacen en el plato. Tomé una con vieiras acompañadas de un fondo de puerros que estaba pá morirse de rica.

Otro de los platos estrella de Bretaña son los famosos “moules” (mejillones). Los preparan de formas muy variadas, pero no acababan de agradarme. En su mayoría saben a “leche” y no entendía el por qué de ese sabor tan extraño y es porque los cocinan con mantequilla y crema, en muchos casos. Menos mal que hay lugares en los que siguen una receta más ligera y los elaboran con sidra. Ya he probado en casa y han salido riquísimos. Más adelante lo colgaré en el blog.

En cuanto al apartado de dulces, todo está basado en la mantequilla. Asunto atractivo por un lado, pero peligroso por el otro. Si llego a ceder y me rindo al deseo de probar todos esos dulces típicos, dos tallas más hubieran sido fáciles de conseguir. Si os gusta la mantequilla, Bretaña es un lugar ideal para disfrutar de la cocina dulce o salada, porque es un ingrediente que no falta en ninguna salsa y en ningún plato. Los pasteles típicos son: Kouing Amann, del que cada población tiene su versión. Gâteau bretón, de lo más típico. Quatre-quarts, es un bizcocho esponjoso con la misma proporción de mantequilla, azúcar y harina. El far breton, que es un flan, al que se le añade harina y calvados o ron, y opcionalmente, uvas pasas, ciruelas deshuesadas o manzanas. A mí me encantó, encontré que era el más ligero de los dulces de allí. Galettes bretonnes, típicas galletas a tope de mantequilla, doraditas y que se encuentran en todos los rincones de Bretaña.



Las mejores experiencias gastronómicas las he tenido en la localidad de Vannes, un precioso pueblo medieval, muy cuidado y con un turismo un tanto más tranquilo que otros lugares de Bretaña. El restaurante, en cuestión, se llama Terroirs. Tienen una carta corta en platos, muy extensa en vinos y sugieren los maridajes. El primer día ya advertimos que trataban con mucho amor el producto, siempre de gran calidad, respetando los sabores y atreviéndose a interesantes mezclas de ingredientes. Nos encantó y repetimos 3 días. No fallaron nunca. Tanto la chef como el jefe de sala son muy cordiales y sencillos. Ella salió a saludarnos porque el camarero le dijo que había clientes que habían repetido 3 días. Fue todo un detalle que dice bastante de ellos.

Otro lugar donde se come estupendamente es en el fin del mundo bretón, en la zona de las rías (abers), en concreto en el puerto del Aber Wrac'h. Lugar tranquilo y bonito, donde el juego de las mareas atlánticas deja ver un paisaje diferente a cada hora del día. Las rías entran caprichosamente en la tierra, tragándose parte de la arena que horas más tarde quedará cubierta por algas y cientos, miles, de conchas. Es donde están las dunas de Santa Margarita, una playa inmensa que en la marea baja permite ir hasta los faros, disfrutar de la vista de los islotes y hacer volar las cometas. Después se convierte en una playa preciosa de aguas esmeraldas, aunque frías e inquietas. La zona es muy recomendable para quien huye de la masificación turística. Tomad nota: la zona de los Abers bretones, tierra de leyendas y de paisajes marinos muy especiales. El Aber Wrac’h es un puerto muy famoso por sus ostras, langostas y bogavantes y el Restaurante Vioben es muy reconocido por calidad y elaboración de sus platos. Yo como no soy fan de ese tipo de bichitos, sólo tomé pescado a la brasa, en concreto lubina y rodaballo salvajes, que estaba riquísimo y a precios más económicos que aquí. Las galettes, las más buenas que he probado en Bretaña, en Cap'Tain Crêpes, también en ese puerto.




Para la zona de la Bretaña norte nos hospedamos dos noches en Saint-Maló. A mí, particularmente, no me gustó. La zona de intra muros está abarrotada de gente a todas horas y los edificios son muy grises y sin atractivo. La playa de Rochebonne, eso sí, es muy bonita. Han hecho una barrera de troncos de árboles que la hace especial y sobre todo cuando sube la marea. Gastronómicamente hablando hubo acierto total al reservar mesa en el Restaurante A La Duchesse Anne y en Le Chalup. Ambos de buena calidad, aunque en el mes de agosto, están saturados y no atienden ni sirven al nivel que sus precios exigirían.



El último día fuimos al Mont Saint-Michel en Normandía. Estábamos avisados de la acumulación de gente que allí ahí siempre, por lo que nos despertamos a la 6.30 y a las 8 ya estábamos allí, de los primeros en el aparcamiento. Es una imagen espectacular de lejos sobre todo. Una vez dentro decepciona bastante. Primero, por el nido de tiendas de baratijas y restaurantes de fritanga que llegan hasta el pie de la abadía y después porque, una vez dentro de ella, la ves tan desnuda, sin ninguna obra de arte, sólo su arquitectura interior que es mil veces repetida en cualquier templo católico del mundo. Eso sí, si sales de allí y pisas la arena, ésa que después cubre el agua y miras hacia arriba, impresiona su visión. Por cualquier lado que la mires resulta espectacular.



Y ya ruta para París. Os lo explico en el próximo post.

sábado, 23 de agosto de 2008

SE ACABARON LAS VACACIONES


Bueno, pues eso, se acabaron y, además, de una manera un tanto accidentada. He estado 8 días por la Bretaña y 5 en París. Del viaje os haré una crónica más adelante, en cuanto pueda escribir con normalidad (ahora sólo lo hago con una mano), pero es que no quería dejar pasar más días sin saludaros.

El viaje ha estado bien, pero no ha acabado bien. A dos días de volver a casa, hice un mal gesto para evitar caerme en las escaleras automáticas del metro y, aunque en ese momento sólo tuve molestias, después del viaje de regreso en coche, quedé muy tocada y al ir a urgencias me dijeron que había fisura de costillas y una fuerte contractura muscular que me obliga a hacer reposo casi absoluto.

La medicina natural funciona rápido y confío en ponerme en forma en nada y poderos mostrar las fotos de esos lugares estupendos para arrugar la Visa que me recomendasteis. He hecho una ruta por casi todos ellos. Traigo fotos e impresiones de su atención y de lo que ahí venden.

La foto de este post es una imagen diferente del concurrido Mont Saint-Michel.
Un beso y hasta dentro de unos días.

jueves, 7 de agosto de 2008

DÍAS DE DESCANSO


Bueno, pues al fin han llegado. Ya tenía ganas de acabar el trabajo que me tenía secuestrada en los últimos meses.

Disculpad porque no he respondido a vuestros últimos comentarios ni os he agradecido los premios, pero la línea adsl de casa iba 5 minutos y se cortaba 10 horas, así poco podía hacer.

Ahora escribo este post desde el lugar de vacaciones. Este año ha tocado, después de tiempo de insistir, la Bretaña francesa. Me encanta este lugar que me recuerda a esas películas antiguas rodadas en la costa irlandesa. El mundo celta y sus paisajes tienen mucho en común y me atraen sobremanera. Os dejo una foto de hoy mismo, día gris y lluvioso (maravillosa experiencia después de los 38º de Barcelona los últimos días) hecha en la isla de Arz, en el golfo de Morbihan. Lugar recomendable y bonito para un turismo tranquilo, de naturaleza, con historia y con una gastronomía interesante. Al final de la ruta por la Bretaña norte, si todo va bien y todavía quedan fuerzas y ganas, una escapada a París y de ahí a casa.

Si alguien conoce comercios de alimentación interesantes o de ingredientes curiosos, especiales o de cacharritos de cocina que me lo deje por aquí. Se lo agradeceré infinito. Y lo mismo digo de restaurantes por Bretaña o París (por favor, sin estrellas ;), o si conocéis alguna web fiable donde haya reseñas. En fin todo aquello que sepáis que es de interés para los que nos gusta disfrutar de la comida, dentro y fuera de casa.

Volveré con ganas a visitaros a todos. Ya tengo monillo. Espero traer, también, nuevas ideas para este blog. Un beso y sed felices.